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martes, 18 de febrero de 2014

¿Estudios?



Las noticias y opiniones publicadas en estos días en distintos medios en relación con la trayectoria académica de quien ha sido elegido como próximo responsable del Partido Popular en Andalucía invitan a algún comentario. Vaya por delante mi reconocimiento a las contribuciones que al respecto han realizado los Profesores Luis Garicano y Jesús Fernández-Villaverde, a los que he seguido desde hace tiempo en su magnífico Nada es Gratis. Ambos profesores han abordado el asunto en ¿Hay Derecho?,  aquí y aquí, y enlazaban sus consideraciones en el caso concreto con su reclamación general y conocida a favor de una mayor exigencia en la selección de las élites políticas. Es una aspiración clásica que a la gestión de los intereses de todos se dediquen los mejores. 


Estas líneas no las redacto, sin embargo, para ahondar en un tema de tanta trascendencia, sino para reflexionar, a partir de ese episodio,  sobre el que  creo que es un vicio generalizado  en la vida española, en la pública y en la privada. En España, por desgracia, lo que importan son las apariencias. Una de las más novedosas formas de crearlas es la fabulación de los curricula. Sólo desde la preocupación por parecer lo que no se es, se comprende que alguien presente como méritos para ejercer un determinado puesto o para explicar su trayectoria el haber realizado "estudios". Se trata de un término elástico: permite a quien dice haber estado o pasado por una Facultad universitaria, revestirse de una pátina de educación superior. Pero, ¿qué quiere decir tener estudios? ¿Haberse matriculado en una facultad universitaria? ¿Haber terminado al menos el primer curso? ¿Vale más tener estudios enciclopédicos que en una sola disciplina? Cualquier respuesta es absurda. Como lo es referir tan imprecisa experiencia a una concreta institución cuanto más prestigiosa, mejor, como si haber cursado esos estudios de difusos contornos fuera más importante en una o en otra Universidad.  

Quien usa esa fórmula lo hace bajo la pretensión de aparentar lo que no es, pensando que, como enseña el refrán, las apariencias engañan. Será a quien se deja. El mismo refranero denuncia que de lo que presumimos es de lo que, normalmente, carecemos. La actividad política supone confrontación constante entre quienes a ella se dedican. Por eso cuesta entender que se ofrezca un flanco abierto a las críticas de los adversarios con ese tipo de cv “barnizados”. En España se produce una hipervaloración social de la formación universitaria. Por el contrario, nos falta grandeza, comprensión y admiración hacia tantas trayectorias personales y profesionales que son brillantes sin necesidad de tener un título académico.     

Lo cierto es que esa Spanish way of doing a cv no acaba en la política. Ni siquiera estoy seguro de que empieza en ella. Se observa  en la actividad profesional y empresarial. La elaboración de un cv es un acto individual, en el que el redactor no es objetivo: tiene tendencia irrefrenable a exagerar los méritos del protagonista. El defecto se agranda cuando el fabulador encuentra complicidad externa, es decir, cuando el cv es objeto de difusión. En ese supuesto surge un problema adicional.

Las referencias en un cv a “estudios” y demás episodios de brillante relato y nula acreditación se verían radicalmente cercenadas si quienes se encargan de transmitir esa información adoptarán un mayor rigor. Esto vale, por ejemplo, con respecto a páginas web institucionales o empresariales. La publicación de un cv en ciertos ámbitos tiene un efecto de convalidación de su contenido. De ahí que el posterior  descrédito o la guasa sobre el cv homologado terminará afectando a su difusor. Supongo que no es exigible, por ejemplo, que el Congreso de los Diputados, un partido político, una sociedad cotizada o la CNMV, exijan a un diputado, a un dirigente o a un consejero, respectivamente, que acredite documentalmente cada uno de los méritos que incluya en su cv. Sí lo es, o al menos así me lo parece, mantener un cierto rigor en la descripción de esos méritos. No existen los “estudios universitarios” como elemento de convalidación profesional. Existe la condición de licenciado, graduado, doctor, máster o cualquier otro similar, conforme a los respectivos reglamentos y planes de estudio.

Es comprensible, desde un punto de vista humano, que se quiera aparentar a partir de lo difuso. Pero no resulta inteligente que quien invoque sus “estudios”, está proclamando que no completó su formación. Sería bueno recordarlo por quienes cometen ese error cuando su cv debe reflejar una determinada condición personal o profesional que constituye el presupuesto de un eventual nombramiento. Pienso, por ejemplo, en la elección de consejeros independientes (v. art. 8.4 de la Orden ECC/461/2013, de 20 de marzo) o en la exigencia de determinados conocimientos que, junto a otros requisitos, reclama el artículo 2 del Real Decreto 1245/1995 a los consejeros de un banco privado.

Madrid, 18 de febrero de 2014